Una restauración necesaria

Autor: Mario Hernández Maquirriaín

Se palpaba en el ambiente, y no por la intensa humareda que salía de incensario. Era  uno de esos días grandes en los que a la cuenta atrás, en la que se venera a la Santísima Virgen de los Dolores, se le unía el recibimiento de los que están fuera. Porque sí, porque ha sido breve el tiempo en que han estado fuera pero, tan esperado el reencuentro.

Como figuras fantasmagóricas, cubiertas con telas moradas, ocupaban la trasera de la Parroquia, bajo el resucitado en una especie de alegoría por la vuelta a la vida. Porque como dijo D. Francisco Sayago, hay que restaurarse, hay que aprovechar estos días de conversión hacia la Pascua para renovarse, para tapar las grietas y pequeños arañazos.

Tras una intensa espera, aliviada por la entrañable oración a la bellísima Virgen de los Dolores, Madre del Calvario y Madre de Mérida, llegaba el especial momento. Con todo el protocolo que merecen estas ocasiones, el Vicario Episcopal de Patrimonio, Agustín Velázquez,  y el Presidente de la Junta de Cofradías, Luis Manuel Pérez Colomo, junto a los respectivos capataces, procedían a quitar el entelado morado y dejaron ver la tex morena del señor de la Oración, y a un brillante Cristo de la Flagelación cuyo estucado destacaba en el entorno. Y los sayones, feos (por aquello de pegarle al Señor), pero sin tobilleras que eviten que se desplomen en una chicotá de sus valientes costaleros.

Ni repintes, ni amputaciones, olor a nuevo. El Calvario está de estreno gracias a la sensibilidad del Ayuntamiento emeritense que, previa gestión de la Junta de Cofradías con el delegad (y cofrade) Francisco Miranda, hicieron que el proyecto viera la luz.

Y ha merecido la pena esa vuelta a la luz, esa vuelta a la parroquia, esa vuelta a la Hermandad porque, en el altar, la Virgen de los Dolores, esbozaba una sonrisa “por fin… todos en casita”.

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