Texto Exaltación a la Navidad en Mérida

Exaltación a la Navidad en Mérida.
Parroquia de Cristo Rey .
21 de diciembre de 2019.
«La puerta de la Navidad«.

Bárbara sube por la avenida de Extremadura, desde el Cuartel Hernán Cortés buscando a su amiga Eulalia, ha llegado el mes de diciembre y los artilleros festejan, con cohetes y petardos las fiestas en su honor.

Es diciembre, Eulalia, que corretea por el atrio, inquieta, espera también su día, el día en el que se pasea por la ciudad de Mérida entre al calor de su pueblo arropada por la niebla decembrina…

Y es en la niebla, siempre en la niebla,

cuando tu bendito rostro traspasa nuestros corazones.

Esa niebla decembrina pegada a nuestra condición de emeritenses

Y que nos recuerda siempre a Ti.

Y en la niebla nos traes recuerdos de abuela y de madre…

de ese arrullo acogedor que nos conmueve, de la cuna y la nacencia,

de ese amor inmenso que cala en los corazones.

Junto a tu trono, en la niebla, un mar de plegarias y emociones contenidas durante todo un año.

Plegarias y emociones que estallan desde el momento en que

tus campanillas celestiales proclaman tu presencia.

Eres tú, destello en la niebla de diciembre,

Alcaldesa y Patrona, intercesora nuestra.

Vela por nosotros en las noches de niebla,

mientras sueñas con ese 10 de diciembre en el que,

 con el amor de tus paisanos,

regreses triunfante a tu Hornito.

No dejes que la niebla nos nuble la mirada y la conciencia,

y haz que sepamos ver a través de ella la mejor de las esperanzas.

Porque eres tú Eulalia,

La  puerta de la Navidad emeritense

Estimado párroco, Paco Sayago, Presidente de la Junta de Cofradías, Luis Miguel González, Hermano Mayor de la Cofradía del calvario, José Manuel González, Hermano Mayor de la Real Hdad. y Cofradía Infantil, Agustín Delgado, cofrades, amigos y hermanos.

He querido arrancar esta exaltación recordando cómo comenzaba el preludio navideño en Mérida con la festividad de Santa Bárbara, antesala de los días grandes de la Inmaculada y la Mártir. El día de Santa Eulalia siempre ha sido, para los emeritenses, el día de iniciar la Navidad. Tras la procesión y la comida en familia, como si del día de Navidad de tratase, se comenzaba el montaje del árbol y el montaje del Belén que nos acompañan en nuestras casas hasta pasados los Reyes Magos.

Por eso ella es la puerta de nuestra Navidad, por mucho que se empeñen las televisiones en meternos la Navidad (a la americana) desde principios del mes de noviembre, por mucho que los centros comerciales nos coloquen los polvorones a finales del mes de septiembre, la Navidad tiene su tiempo, tras el Adviento, con la llegada de la Nochebuena.

La Navidad de nuestra infancia.

Yo os quiero invitar a que abráis el alma, dejad libre la mente, y os dejéis  llevar por la navidad de nuestra infancia. Porque estos días todos volvemos a ser un poco niños y porque la navidad de nuestra infancia es la que nos marca para el resto de nuestra vida, repitiendo costumbres y tradiciones que nos hacen tener la piel muy final, sensible al escalofrío, a la nostalgia y a mirar hacia adelante con espíritu renovado.

Aquella Navidad en la que recorríamos la calle Santa Eulalia entre el olor a tocino fresco en Kiko Peña, los mazapanes de Zancada, el olor a licor del Tío Chico o pegar la nariz en el escaparate de La Giralda para ver todos los juguetes que, en pocos días, traerían los Reyes Magos que ya recogían cartas en Galerías de las Heras. Era, sin duda, la Navidad de Mérida

Recordar aquella navidad es traer a mi boca dos palabras que desaparecieron de mi vocabulario. Esas dos palabras que cuando las pronunciamos mientras están, se hacen tan habituales que, cuando dejamos de pronunciarlas, comprendemos aún más el alto valor que tenían.

La Navidad es olor a puchero, a esa sopa de picadillo que, con tanto amor, mamá prepara en la cocina al tiempo que el horno destila aromas de  pierna de cordero. La vajilla, la buena, preparada sobre la mesa de la cocina, esa vajilla que había que cuidar y conservar y que solo se sacaba en las grandes ocasiones, que eran dos: Nochebuena y Nochevieja.

La memoria de la Navidad siempre me traslada a la casa de papá y mamá en la que el tiempo se vestía de fiesta. En la que, desde primera hora, golpeábamos panderetas y hacíamos sonar zambombas (de las de Salvatierra, y no las de plástico que venden ahora en los chinos) y arrascábamos la botella de anís con el primer cubierto que teníamos a mano.

El ritual, siempre el mismo. Mamá y mis hermanas con el trajín de la casa, la comida, que todo estuviera a punto. Papá, “trabajando” hasta antes de comenzar la cena, el tiempo me enseñó que yo también, como Papá, tengo mucho trabajo el día de Nochebuena.

Puntual, el mensaje de Su Majestad el Rey, ¡Niño, suelta la pandereta! Se producía el silencio mientras todos miraban la tele y el niño miraba la pandereta que, prudentemente, había retirado mamá de su alcance. Después, las risas, las lágrimas, mamá de un lado para otro que casi no cenaba y la abuela “esta es mi última nochebuena”, sí, porque contaba los años, la vida, por Nochebuenas.

Esas nochebuenas, estas nochebuenas en las que todos nos sentamos alrededor de la mesa en la que, de tiempo en tiempo, se van notando las ausencias, pero que cuenta con nuevas presencias y es que, como todo, la vida sigue y no por ello deja de resbalar por la mejilla la furtiva lágrima que nos recuerda, en cada sitio de la mesa vacío, al que falta.

Muchas veces, con la edad, decimos que la Navidad es triste por esos huecos. La abuela fue la primera en dejar un hueco en la mesa de mi Nochebuena, comenzaba la que llamamos “Ley de Vida” para ir sumando ausencias y para formar otras mesas en las que nuevamente y ojalá sea siguiendo esa Ley de vida, se formarán nuevos huecos.

Mi cercanía a la Basílica de Santa Eulalia, frente por frente, hacían la Nochebuena aún más especial, alrededor de las 12 se escuchaba el murmullo, llegaba la Misa del Gallo. Aquella Misa a la que acudía como monaguillo y en la que, antes de quedarme dormido en el rincón del altar, me intrigaba saber ¿Dónde está el gallo? .

Navidad de espumillón alrededor de la tele, del mueble del salón, los marcos de las puertas… El belén en el hueco del mueble al que habíamos retirado todos los libros y cacharritos de adorno. Navidad de Raphael y su tamborilero que, cada Nochebuena, nos señalaba el camino que lleva a Belén.

Navidad comercial, pero no hasta el punto de ahora, sino de anuncios que guardaban mensajes hermosos, como la Coca cola lanzando al mundo aquel mensaje de paz, el famoseo y las burbujas del anuncio del cava, de aquellas muñecas de famosa (que solo se movían en el anuncio) que se dirigían al portal. Anuncios que nos hablaban de Jesús en un pesebre, de la esencia de la Navidad y que ahora parece que da reparo anunciar qué es realmente lo que celebramos.

Navidad del Gran turrón del Lobo, del de Suchard cuando no habíamos sido invadidos todavía por el boom de Papa Noel, y ¿Cómo no? de ese soniquete que sigue todavía en nuestra Navidad presente y que dice aquello de “Vuelve a casa por Navidad”. Todavía se nos eriza el vello cuando comienza a emitirse por televisión y, seguramente, alguna lagrimilla. En la Navidad de mi infancia, como éramos tantos hermanos, pudimos vivir una de las escenas de aquel anuncio.

Estábamos ya todos sentados alrededor de la mesa y de repente sonó el timbre. Mamá, diligente, fue a abrir la puerta mientras (lo supe después) los demás esperaban sospechosamente en el salón. Yo escuché un grito de mamá, y mi hermana corría a llevarle agua.

Mi hermano, guardia civil destinado en Canarias, llevaba varias Nochebuenas sin estar con nosotros y se presentó sin avisar (al menos a mi madre) mi madre lloraba, mi hermano lloraba, mi padre lloraba, vamos que el guionista del famoso anuncio “Chapeau” y yo mientras lloraban buscaba en el petate por si había traído de Canarias el famoso reloj calculadora que iba a salvarme en mis clases de matemáticas.

Navidad de aguinaldo, sí de aguinaldo, que muchos pretenden sustituir por tradiciones impostadas como el Halloween con ese absurdo “truco o trato”. Defendamos nuestras tradiciones, defendamos la carita de rosa y a la que no me lo de es porque es una roñosa, esa es nuestra esencia y no una impostación que parece un carnaval de regional preferente a destiempo.

La Navidad es, sobre todo, familia, y Nochebuena es la noche en la que Dios se hace grande en las cosas pequeñas. El poder de un niño gordito para unos, suave para otros, chiquinino, chiquito, travieso, inquieto, indefenso al calor de un buey y de una mula en un humilde pesebre.

El espíritu de la Navidad.

Porque ahora, en nuestra Navidad presente ¿Y el niño? ¿La sagrada familia? ¿Dónde queda? Olvidamos que adoramos  a un niño que nace pobre en un pesebre y muere, pobre, en el patíbulo más vergonzante y hermoso y que perdurará por los tiempos. Dos altares, el pesebre y la cruz, y nosotros perdiéndonos en cosas banales.

Cada Navidad es un regalo que nos da la vida y no lo debemos desaprovechar,  es más deberíamos meter en tarros el espíritu navideño y abrir uno al mes porque estos días parece que nuestro corazón se reblandece, afloran nuestros sentimientos, los buenos deseos.

Debemos meter en tarros ese espíritu que nos hace ser más solidarios en estos días y extrapolarlos al resto del año pues, la necesidad de nuestros hermanos no se ciñe únicamente a estos días, sino que el resto del año, como en Navidad, necesitan de nuestro apoyo y nuestro espíritu solidario. Porque Jesús busca nacer todos y cada uno de nuestros días en nuestros corazones, día a día, mes a mes, año a año.

María, reina de la Navidad.

Estamos en días de esperanza, en esta expectación al inminente parto, acompañando a una mujer valiente, segura de sus creencias, firme en la fe y que aceptó el encargo sin cortapisas, segura de  que dios proveería.

Ella es pasión y entrega,
Ella es pasión y entrega,
Ella es luz y esperanza,
Ella es el rostro bonito,
Que en su vientre cobijó,
Al niño Dios hecho hombre,
Que, aferrado a sus entrañas,
Convertía su bendito vientre,
En el sagrario del Alma.

Ella se llama María la que se viste de Esperanza, la que con sus Dolores nos muestra el camino de la Misericordia y del Rosario.

Ella será Patrocinio de nuestras vidas, Paz, sosiego y calma.

Ella es a quien suspiramos en este Valle de Lágrimas y sentirá como Madre el Mayor Dolor en el Alma.

Dios necesitaba de una mujer para ofrecernos su grandeza. Dios señaló a Aquella que sabía que comprendería y aceptaría la difícil tarea de ser la madre de su hijo. ¡Qué grande fue Dios que, para mandarnos a su hijo, buscó el vientre de la más Pura para que lo engendrara y cuidara!, Eligió a la mejor de las mujeres para regalarnos la llave de la Salvación. Por eso, XXI siglos después, la historia nos enseña  que cuando veamos a unos padres buscando posada para su niño no le cerremos las puertas. Que cuando veamos la sonrisa de un niño, no le digamos aquello de «dime niño, de quien eres» porque los niños, todos los niños, son hijos del mismo dios.

Y como madre, habrá un nombre, que le acompañe siempre: Amargura. Amargura en el camino que la llegó hasta Belén, con los dolores del parto, ante la ingratitud de los posaderos. El camino de Amargura en la huida a Egipto, los momentos de Amargura cuando Jesús se perdió en el templo, el camino de Amargura hasta Jerusalén y la Amargura del beso antes de que Jesús partiera hacia el huerto de los olivos, la Amargura de coger su rostro por última vez en el camino al calvario y la Amargura de la agonía de Cristo en la Cruz.

Ella es Estrella de la mañana, Ella es Amargura, Dolores y Soledad, ella es la reina del Calvario, Ella es hermanos, la reina de la Navidad.

La magia de los Reyes.

La Navidad tiene también muchos sentimientos de amargura. La que produce ver la mesa con ausencias, la que produce el leer la carta de los reyes Magos y ver que, quizás, no puedas cumplir sus sueños… Los Reyes… esos Magos. El final más hermoso del periodo navideño para niños y no tan niños.

La ilusión de la noche de reyes, de no dormir esperando el juguete tantas veces soñado y que, algunas veces no llegaba y que, tras la decepción de los primeros segundos, olvidábamos para ponernos a jugar con lo que había llegado.

Ahora, en la madurez vemos los esfuerzos que esos verdaderos magos hicieron por vernos ojipláticos en la mañana radiante de la ilusión. Verdaderos magos que describió el gran poeta gaditano Enrique García Rosado:

Si tú supieras que Melchor,
para ponerte su regalo
trabaja de sol a sol
a un cacique adinerado.

Si tú supieras que Gaspar,
por cumplir lo que tú sueñas,
limpia además de la suya
no sé cuántas casapuertas.

Y el viejecito Baltasar,
para dejar lo que ha dejado
lleva todo el año arañando
su paga de jubilado.

Puede que ahora comprendas
aquello que te contaron,
ya ves que los reyes existen,
y son verdaderos magos.

El nuevo año.

La navidad nos trae como siempre, el cambio de calendario y los buenos propósitos cuando celebremos el ritual, como decía Mecano, “de hacer, por una vez, algo a la vez”. Apostemos por un año en el que nadie sea diferente, por cromosomas, por pensamientos y por ser como cada uno quiere y siente que es.

Con enfermedades que dejen de ser «raras» y haya remedio para ellas. Porque todos l@s niñ@s sean felices, cada uno con su particularidad, porque avancemos en Futuro y no en Pasado.

Un año en el que sea cierto aquello de que nos amemos los unos a los otros, en el que miremos al prójimo como a uno mismo, con sus problemas, con sus realidades, que todos seamos libres de decir, opinar y pensar lo que nos dicte nuestro corazón.

Cambiamos de dígito, cambiemos también la forma de ver a los demás, creo que así seremos más felices, dejemos escrito el epílogo de esta década como debe ser y ¡Entremos en los años 20!!! De una manera más HUMANA

Alegrémonos hermanos, porque en solo tres días nacerá el hijo de Dios, el que morirá en la Cruz para el perdón de nuestros pecados,  y resucitara a los tres días.

Tres días hermanos, sólo tres días para que Dios se haga Hombre y tres días para que el hombre vuelva a ser Dios.

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