Crónica Madrugada del Viernes al Sábado Santo (Vía Crucis) 2016

Fecha:
26 de Marzo de 2016
Redactor:
José Miguel Galán
Fotografías:
Manuel Molina Bolaños
Paco Rosco Rosco
Todo está ya cumplido, y ahora atravesando lo que fue el gran Foro de la Colonia Romana, regresa la comitiva de vuelta hacia la Concatedral de nuevo con el sonido sordo, intenso y emocionante de los tambores que acompañan el discurrir de los portadores por la estrecha calle que baja hasta el Conventual Santiaguista del siglo XV.“

POR TU SANTA CRUZ REDIMISTE AL MUNDO

Revive de entre sus piedras cada Semana Santa la Augusta Emérita que otros siglos vieron en su monumental esplendor. Y desde lo más hondo de su ser, la ciudad ora entre la arena que empapó antes la sangre de los inocentes.

El Santísimo Cristo de la O, fiel representante de la tradición más pura de la esencia cofrade emeritense desde el siglo XV, abandona durante unas horas su refugio en la restaurada sede arzobispal para acercarse a miles de peregrinos de la fe que, desde lejos vienen a orar y compartir unos minutos de reflexión sobre el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el Nazareno.

Las calles de la ciudad se tornan oscuras y estrechas para abrazar la comitiva que, bajo su negro hábito, representa a toda la comunidad cofrade de la antigua capital de la Lusitania. Solo el golpear de cuatro tambores ensordecidos, anuncia al pueblo que Cristo está en las calles de la ciudad.

Fotografía: Manuel Molina Bolaños

Llega la hora, y la Cruz de Guía se adentra en el recinto elegido para convertirse en Templo sagrado en el que la luna de Pascua será la que ilumine su cúpula celestial.

Se escucha en el recinto el “Miserere mei Deus”, la Capilla Gregoriana del Stmo. Cristo del Calvario será la encargada de hilar con himnos y salmos del repertorio de Canto Gregoriano, cada una de las catorce estaciones que están a punto de comenzar.

Desde Siria, en este año de tanto sufrimiento por los olvidados de la guerra, llegan los textos que, estación tras estación, muestran el camino de dolor y sufrimiento que millones de personas están recorriendo en nuestros días, como así lo hizo Jesucristo hace más de veinte siglos.

Los fieles oran en silencio, todo el recinto del espectacular anfiteatro que el Imperio Romano construyó en la antigua Emérita, se hace pequeño e insignificante cuando la talla del Cristo de la O hace acto de presencia y todas las miradas se centran únicamente en él. Los tambores han enmudecido y solo la campana que indica a los portadores las órdenes para recorrer cada estación, marca el ritmo: oración, campana, canto, …

Fotografía: Manuel Molina Bolaños

Y casi sin darse cuenta, todos los asistentes quedan absortos en la meditación de los textos que, sobre el camino de Jesús hacia el Calvario, nos invitan a la reflexión sobre los pecados del hombre: la codicia, la ira, el odio,… y frente a todo ello, una sola alternativa nos plantea desde su Cruz el Santísimo Cristo de la O: el Amor.

Concluido el acto, los fieles abandonan en silencio el recinto y Cristo, queda en medio de la arena mientras se escucha el canto “Media vita”:

“En medio de la vida estamos muertos,
¿a quién buscaremos en nuestra ayuda sino a Ti?”

Fotografía: Francisco Rosco Rosco

Todo está ya cumplido, y ahora atravesando lo que fue el gran Foro de la Colonia Romana, regresa la comitiva de vuelta hacia la Concatedral de nuevo con el sonido sordo, intenso y emocionante de los tambores que acompañan el discurrir de los portadores por la estrecha calle que baja hasta el Conventual Santiaguista del siglo XV.

Un año aguarda para poder contemplar de nuevo al Señor de la noche emeritense, pero antes de la despedida, como queriendo enmendar la traición de Judas, nazarenos y fieles que le acompañan regalan un beso al Señor en la mano que un día mandó levantarse a Lázaro y que ahora aguarda, sangrante y atravesada por un clavo, el día tercero para mostrar al mundo el poder del que anunciaba el perdón y la misericordia para los pecadores, y libró al mundo del pecado por medio de su Pasión, Muerte y RESURRECCIÓN.

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