Crónica Madrugada del Jueves al Viernes Santo 2016

Fecha:
25 de Marzo de 2015
Redactor:
José Miguel Galán
Fotografías:
Manuel Molina Bolaños
Luis Zama Álvarez

O vosotros todos

que andáis por el camino,
atended y ved
todos los pueblos,
si hay dolor semejante a mi dolor.”

TODO ESTÁ CUMPLIDO

“[…] el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron […].”

Una de la madrugada del, ya, Viernes Santo. Tras el tañido incesante, intenso, pero breve de la campana de la Ermita del Calvario se hace el silencio, solo se oye un juramento de aquéllos que en la noche más oscura, acompañarán por las calles de Mérida al Santísimo Cristo del Calvario.

Las calles, que hace horas abarrotaban miles de visitantes, se tornan ahora en un íntimo y silencioso oratorio en el que fieles y curiosos se asoman para contemplar el cortejo que acompaña con luz de velas e incienso y que anuncia el sonido incesante de la campana del Cristo del Calvario.

Es la hora de la verdad, en el interior de la Iglesia de Cristo Rey, resuenan las voces de la Capilla Gregoriana del Stmo. Cristo del Calvario que entonan el canto hispano-visigótico del Pange lingua, y en ese canto oran los corazones de todos los hermanos cofrades de la Hermandad más antigua de la ciudad.

Fotografía: Manuel Molina Bolaños

Y es en la madrugada, y en el silencio de la noche que solo rompe la campana, cuando Mérida vive su sentimiento más ancestral, más auténtico.  Y Cristo, muerto en la Cruz, solo, recorre los rincones con más sabor a pueblo de la ahora ciudad.

En la Concatedral de Santa María, espera su Madre que desgrana dolores como quien desgrana las cuentas de un Rosario que hiere el corazón de quien sabe que el sufrimiento de su Hijo, salva al mundo del pecado.

Aun resuenan los rezos de las Madres Concepcionistas por el Convento que durante siglos las acogiera, y sin embargo cuando llega muerto el Redentor, abandonado por sus discípulos, solo le recibe el silencio,… y la campana.

Remonta la subida hasta lo más alto del Cerro del Calvario, y la Estación de Penitencia alcanza el corazón del Barrio, rincón humilde de Mérida, pero que guarda celosamente un tesoro: su Cristo del Calvario.

Fotografía: Manuel Molina Bolaños

Llena de Amargura, la Madre contempla como sus amigos han huido aterrorizados y solo Juan, el amigo de Jesús, aguarda con ella el final que apenas conocen.

Entonces es José, el de Arimatea, debe cumplir su misión. Varios discípulos que antes se escondían, ahora se acercan a la cruz de Jesús guiados por una fuerza cuyo origen ninguno conoce.
Uno de ellos sube junto con José y, al ver el rostro de Jesús apenas separado de sus ojos, siente como su corazón se estremece sobrecogido por cada una de las heridas que las espinas de su “corona de rey” han provocado en la frente y el rostro del Maestro.

El cuerpo se desploma al retirar los clavos que lo amarran a la Cruz y ahora solo queda colocarlo en el sepulcro. Un sudario cubre el cuerpo muerto del que había dicho que en tres días resucitaría, del que atraía multitudes para contemplar sus milagros y que ahora solo es velado por unos pocos discípulos que acompañan a su Madre en la Amargura.

“O vosotros todos
que andáis por el camino,
atended y ved
todos los pueblos,
si hay dolor semejante a mi dolor.”

Marchan todos en silencio, “Todo está cumplido” ha dicho Jesús antes de expirar, y sin embargo en su corazón todos guardan la esperanza de que aun Jesús debe realizar el último milagro, aquél milagro que ha de cambiar el curso de la Historia.

Ya Mérida duerme, ya queda solo silencio, ni siquiera suena ya la campana.

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